Al volver al departamento, Lena no esperaba nada diferente a la penumbra habitual. Por eso se detuvo en seco al abrir la puerta: sobre la mesa del comedor, varias velas encendidas lanzaban reflejos temblorosos, tiñendo el aire de un calor inesperado.
—Bienvenida —dijo Javier desde la cocina, con una sonrisa tímida. Vestía camisa blanca, un poco arrugada, y tenía harina en la mejilla.
La escena parecía sacada de otra época. Pan recién horneado, una botella de vino abierta, ensalada con hierbas frescas; una mesa sencilla, pero armada con cuidado.
—¿Qué es todo esto? —preguntó ella, aún sorprendida.
—Una cena… contigo. Sin prisas, sin pantallas. Solo nosotros —respondió, acomodando una vela antes de mirarla directamente—. No sé en qué momento empezamos a hablar como si hubiera un vidrio entre los dos.
El corazón de Lena se apretó en silencio. Se sentó despacio, incapaz de fingir entusiasmo. La escena con Elías en el sueño del jardín seguía viva bajo su piel, como un eco que no se disolvía