La noche parecía limpia, como si alguien hubiese pasado un paño húmedo sobre la ciudad. El viento traía olor a pan y a tubo caliente; el tipo de olor que hace creer que nada malo puede ocurrir bajo las lámparas. A esa hora —una antes de la ventana— la calle tenía el pulso de los que esperan, no de los que duermen.
Ana dejó la taza en el fregadero y revisó por enésima vez su libreta de Guardias. Había subrayado con tinta azul:
03:19—03:29 = puente
03:40 = alarma
Si no hay mensaje: no entrar
Si duele: escribir, no gritar
Suspiró y cerró la libreta. En el bolsillo del abrigo guardó dos cosas más: la linterna de emergencia —modificada la tarde anterior para emitir destellos con patrón— y un trozo de cinta adhesiva con tres números escritos a mano: 3–1–9. No por superstición: por protocolo.
Golpearon la puerta dos veces. Las dos, secas. Ana sintió que el aire cambiaba de densidad, como en esas mañanas en que sabes que va a llover aunque el cielo se empeñe en ser claro.
—¿Quién? —preguntó,