La noche parecía limpia, como si alguien hubiese pasado un paño húmedo sobre la ciudad. El viento traía olor a pan y a tubo caliente; el tipo de olor que hace creer que nada malo puede ocurrir bajo las lámparas. A esa hora —una antes de la ventana— la calle tenía el pulso de los que esperan, no de los que duermen.
Ana dejó la taza en el fregadero y revisó por enésima vez su libreta de Guardias. Había subrayado con tinta azul:
03:19—03:29 = puente
03:40 = alarma
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