La noche no trajo sueño; trajo altura.
No se durmieron: subieron. Primero fue un cosquilleo en la nuca, luego ese vacío amable detrás del esternón, como si alguien abriera una compuerta desde adentro. Lena y Elías se habían prometido no buscar la puerta antes de tiempo; aun así, a las 03:19 —sin tocarse, en casas distintas— el mundo se inclinó con gentileza. El aire se volvió agua, y el agua, espejo.
No cruzaron cuerpos: cruzaron memoria.
Lena sintió la cama alejarse como un muelle. Elías vio e