El aroma a café recién hecho y tostadas inundaba la cocina de la casa en Costa Serena. La mañana había amanecido diáfana, y con ella, un ambiente de alegría serena que se respiraba en cada rincón. Valeria no podía dejar de mirar el anillo en su dedo, y cada vez que lo hacía, una sonrisa tonta se dibujaba en su rostro.
—¡Bueno, bueno! —exclamó Gabriel, sirviendo más jugo de naranja—. ¡Parece que anoche hubo más que simples conversaciones! ¡Felicidades, ustedes dos!
—¡Sí! —agregó Mauricio, con