El sol comenzaba su descenso, tiñendo el cielo de Costa Serena con una explosión de naranjas, rosas y púrpuras. La brisa marina acariciaba las palmeras y el sonido rítmico de las olas era la única música que existía. En la cala privada de la casa de Gabriel, la arena blanca y el mar tranquilo creaban un escenario de ensueño.
Elías llevó a Valeria de la mano hasta la orilla, donde el agua tibia lamía sus pies descalzos. El corazón le latía con fuerza. Esta vez, nada la interrumpiría.
—¿Recuerd