El coche se detuvo frente a la hacienda Montenegro. La tranquilidad del lugar, con sus paredes encaladas y glicinas trepadoras, contrastaba brutalmente con el torbellino en el pecho de Valeria. Iba a abrir la puerta, con una mezcla de esperanza y miedo, cuando la puerta principal de la casa se abrió de golpe.
De ella salió Gloria, con tacones que clacleteaban con furia contra los adoquines. Su rostro, normalmente compuesto en una máscara de seducción, estaba desencajado por la rabia. Al ver a V