El mundo se redujo a un solo punto: el cuerpo inmóvil de Valeria sobre la tierra polvorienta. Elías fue una flecha. Cruzó la distancia en un instante, cayendo de rodillas a su lado con un quejido ahogado. El corazón le latía con tal fuerza que le ensordecía cualquier otro sonido: los gritos de Gloria siendo arrastrada, las maldiciones, todo se desvanecía.
—¡Valeria! —su voz fue un desgarro, áspera y quebrada por el pánico. Sus manos, aquellas que habían sostenido barricas y planeado venganzas c