El regreso a la mansión Brévenor fue sorprendentemente tranquilo. Valeria cruzó el umbral no como la hija rebelde que se había ido, sino con una serenidad calculada. Había intercambiado la franca rebeldía por una máscara de docilidad, un arma mucho más afilada.
Esteban la recibió en su estudio. —¿Y bien? ¿Cómo fue tu... escapada rural? —preguntó, con un dejo de desdén.
—Fue una consultoría, padre —respondió Valeria, con voz neutra, sirviéndose una taza de té—. Un viñedo familiar, heredado por u