Elías observó cómo el auto con Valeria se alejaba por el camino de tierra, levantando una nube de polvo que se mezclaba con la niebla de su propia desesperación. Un impulso primitivo lo empujó a dar unos pasos, a correr tras ella, a gritar su nombre y obligarla a escuchar. Pero una mano firme se posó en su hombro.
—Es lo mejor, Elias —dijo Leo, su voz grave cargada de una preocupación que no disimulaba—. Detenerla ahora solo empeoraría las cosas.
Elias se encogió bruscamente, liberándose del co