La sala de interrogatorios era un cubo blanco y frío, iluminado por la luz cruda de un fluorescente que zumbaba como un insecto molesto.
Elías, sentado frente a la mesa metálica, sentía el hielo del asiento atravesar la tela de su pantalón. A su lado, Darío Silver, su abogado, irradiaba una calma tensa, de esas que solo esconden el cansancio de muchas batallas.
Frente a ellos, el fiscal Garmendia, impecable en su traje oscuro, desplegaba una carpeta tan gruesa que parecía contener la senten