La luz blanca y fría de la comisaría central de Brévena era un mundo aparte del sol que bañaba los viñedos. Elías, con las muñecas esposadas por delante, fue conducido desde el vehículo policial a través de una puerta trasera, evitando la prensa que se agolpaba en la entrada principal. El golpe sordo de la puerta de metal al cerrarse detrás de él resonó como el portazo de su antigua vida.
El alta médica había sido solo un trámite burocrático. Un médico firmó un papel que decía que estaba en