Punto de vista de Catalina
Más tarde esa noche, cuando todos nos reunimos alrededor de la mesa para cenar, pude sentir una extraña tensión flotando entre Alejandra y Óscar.
Ella se sentó a mi lado, empujando distraída la comida en su plato, mientras Óscar y Adrián mantenían una animada conversación de negocios. Al otro lado de la mesa, Carlota y los niños reían sin parar, recordando los mejores momentos del día y repitiendo que había sido el mejor cumpleaños de todos.
Mi atención volvió a Alejandra.
¿Se lo habría dicho?
Era evidente que tenía la mente en otra parte. Me incliné un poco hacia ella y bajé la voz hasta casi un susurro.
—¿Cómo fue? —pregunté, rozando su mano con un gesto suave y tranquilizador.
Suspiró y apretó los labios durante un instante antes de negar con la cabeza.
—No tuve oportunidad de decírselo —murmuró—. Los niños entraron corriendo antes de que pudiera terminar.
Asentí, ofreciéndole una pequeña sonrisa reconfortante. No me sorprendía. La vida con niños era así: