Quédate a pasar la noche.

Punto de vista de Catalina

Sábado por la tarde

Alejandra se veía nerviosa cuando se acercó y tomó mi mano con suavidad.

—Ven conmigo —susurró, mirando a su alrededor.

Sin esperar una respuesta, me condujo hacia la terraza, donde el aire cálido de la tarde nos envolvió de inmediato.

El bullicio de la fiesta quedó atrás, sustituido por el suave susurro de las hojas y risas lejanas.

La miré, confundida.

—Alejandra, ¿qué pasa? —pregunté, intentando mantener la calma pese al nudo que empezaba a formarse en mi estómago.

Ella respiró hondo y se giró para mirarme de frente.

—He estado esperando a que vinieras —confesó en voz baja—. Fui yo quien le pidió a Óscar que los convenciera a todos de venir.

Fruncí el ceño, sorprendida.

—¿Tú? ¿Por qué? ¿Está todo bien?

Alejandra negó con la cabeza, bajando la mirada.

—No, no lo está —admitió, llevándose una mano al vientre—. Tenías razón, Catalina. Estoy embarazada.

Sentí que los ojos se me abrían de par en par mientras asimilaba sus palabras. Lo sabía
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