PUNTO DE VISTA DE Catalina.
Cuando llegué a la oficina, había conseguido poner una fachada decente. Esbocé una sonrisa educada y saludé a mis compañeros mientras me dirigía a mi escritorio.
Pero por dentro estaba hecha un lío, con las emociones enredadas en un nudo que parecía imposible de deshacer.
Me senté, abrí mi computadora portátil e intenté sumergirme en el trabajo. Pero fue inútil.
Mi mente seguía divagando, repitiendo cada momento del día anterior con doloroso detalle.
Adriá