―¡Maldita sea!
Me acerco a toda velocidad, inspecciono el área y siento que la sangre dentro de mis venas se congela.
―¿Qué sucede, Lud?
Pregunta Robert a través del pinganillo.
―¡Ese hijo de puta está dentro de la casa! ―espeto con vehemencia―. Voy a entrar, el tiempo se nos acaba, Rob ―le indico mientras guardo el arma en la parte posterior de mi espalda. Me empujo con fuerza entre la maleza y sigo el camino que conduce hacia la parte más baja del terreno―. ¡Necesito que ubiquen a ese hijo de