Tiemblo de pavor al recordar que estuve a punto de perder a mi familia cuando ese asesino quiso llevarse a mi mujer de mi lado. Disfruté con placer cuando ese hijo de puta suplicaba, aterrorizado, para que les quitara a los puercos de encima. No aparté mis ojos de él mientras observaba la manera en que era devorado vivo por ellos.
Beso el rostro de mi mujer mientras permanece dormida. La observo durante largos minutos y, le agradezco a Dios, por devolverla a mis brazos. Cierro los ojos y suspiro