**Jasper**
Volví a Nueva York con el bolsillo lleno y el corazón blindado. El mismo día que me avisaron que el viejo se había muerto, el chef del restaurante me botó como a un perro: “No apareciste al turno, estás fuera”. Me reí en su cara. “Me vale verga, no necesito tu mierda de sueldo”. Salí con la cabeza alta y la cuenta bancaria rebosando. Ahora conduzco una Jeepeta negra que ruge por el Bronx, gafas oscuras aunque sea de noche, y el mundo parece mío.
Esa primera noche llegué al apartamento con dos tipas que conocí en un lounge del Lower East Side: una rubia alta y una morena con culo de gimnasio. Reían a carcajadas, oliendo a perfume caro y a tequila.
Lena estaba en la sala con libros abiertos, el pelo recogido, cara de estudio. Me miró y no dijo nada.
—¿Qué? —le solté con desdén—. Es mi casa también, ¿o ya te olvidaste?
—Claro que sí —respondió sin levantar la vista—. Solo que ahora huele a motel barato.
Desde ese día el apartamento se convirtió en zona de guerra. Madrugadas