**Jasper**
La brisa de Florida es cálida, pero yo siento un frío que me sale de los huesos, como si el niño que fui todavía estuviera temblando en un rincón oscuro. Estoy parado frente al hueco donde bajan el ataúd de mi viejo, Ernesto Hernández, y no lloro. Ni una lágrima. Sería demasiado fácil llorar ahora.
—¿De verdad se fue? —pregunto bajito a mi tía Carmen, mientras la gente tira rosas encima del cajón.
—Sí, hijo… pero esa herida tú la traes abierta desde que tenías quince años —me responde ella, acariciándome el hombro con esa mano arrugada que huele a jabón de coco—. Él se fue mucho antes de morirse.
Flashback
Tengo quince años. Estoy en el pasillo, pegado a la puerta, escuchando los gritos. Mi mamá Rosa llorando, suplicando: “Ernesto, por favor, no nos dejes así, el muchacho te necesita”. Y él, con la voz fría como hielo: “Yo no quiero cargar con esta mierda más, Rosa. Ni contigo ni con el pelao ese. Yo merezco otra vida, una mejor, sin cadenas”. Lo veo salir con la maleta