**Jasper**
La brisa de Florida es cálida, pero yo siento un frío que me sale de los huesos, como si el niño que fui todavía estuviera temblando en un rincón oscuro. Estoy parado frente al hueco donde bajan el ataúd de mi viejo, Ernesto Hernández, y no lloro. Ni una lágrima. Sería demasiado fácil llorar ahora.
—¿De verdad se fue? —pregunto bajito a mi tía Carmen, mientras la gente tira rosas encima del cajón.
—Sí, hijo… pero esa herida tú la traes abierta desde que tenías quince años —me respo