El silencio que quedó en la mansión tras la partida de Amelia no fue un silencio normal. No era la calma elegante de las casas antiguas ni el descanso de una madrugada agotada. Era algo vivo. Algo que respiraba entre las paredes, que se arrastraba por los pasillos y se instalaba en el pecho como una mano fría.
Me quedé inmóvil en el balcón de mi habitación mientras el coche negro descendía lentamente por el camino principal. Las luces traseras brillaron una última vez antes de desaparecer tras