El departamento que Julian había alquilado para mí en Londres parecía más una vitrina que un hogar.
One Hyde Park.
Cristal.
Acero.
Mármol italiano.
Arte contemporáneo absurdamente caro colgado en paredes blancas que no transmitían absolutamente nada.
Todo era perfecto.
Y precisamente por eso resultaba insoportable.
El silencio allí no era tranquilidad.
Era vigilancia.
Cada superficie reluciente parecía recordarme que nada en mi nueva vida pertenecía realmente a mí.
Ni el departamento.
Ni la rop