Mundo ficciónIniciar sesiónCinco años atrás, Amelia perdió todo. Su familia. Su nombre. Su futuro. La poderosa familia Jones la destruyó y la obligó a desaparecer. Ahora ha regresado a Londres convertida en una empresaria poderosa y millonaria. Con una nueva identidad y un único objetivo: vengarse de quienes le arrebataron todo. Su plan es perfecto. Hasta que vuelve a encontrarse con Alexander Jones. El heredero más temido de la ciudad. El hombre que puede destruirla con una sola orden. Y el único capaz de hacer que su corazón siga latiendo con fuerza. Alexander está decidido a descubrir quién es realmente la misteriosa mujer que amenaza a su familia. Pero cuanto más se acerca a ella, más peligrosa se vuelve la atracción que existe entre ambos. Entre secretos, traiciones y una obsesión que amenaza con consumirlos, Amelia deberá decidir qué pesa más: ¿La venganza que ha esperado durante cinco años? ¿O el hombre que nunca logró olvidar? «Él era el heredero que juré destruir. Y yo era la mujer que nunca debió amar».
Leer másNarra: Amelia
La noche en que nací, la lluvia golpeaba Nottingham como si quisiera arrancar los techos de las casas.
No era una tormenta común.
Era una de esas noches en las que el cielo parece enfurecido con el mundo.
Mi madre solía decir que incluso las ventanas temblaban.
—Fue una advertencia, Amelia —me contaba mientras peinaba mi cabello frente al espejo—. El cielo sabía que tu vida nunca sería sencilla.
Yo siempre me reía cuando la escuchaba.
Porque para mí, durante mucho tiempo, la vida sí fue sencilla.
No teníamos dinero.
No teníamos influencias.
No teníamos apellidos importantes.
Pero teníamos algo que muchas familias ricas jamás consiguen comprar.
Nos teníamos los unos a los otros.
Mi madre cosía ropa para mujeres que jamás conocería.
Pasaba horas inclinada sobre una vieja máquina de coser que parecía sobrevivir únicamente gracias a su terquedad.
Mis recuerdos de ella siempre están acompañados por el sonido de aquella aguja golpeando la tela.
Tac.
Tac.
Tac.
Como el latido de nuestra casa.
Mi padre aceptaba cualquier trabajo disponible.
Conducía.
Cargaba mercancía.
Movía muebles.
Lavaba vehículos.
Hacía lo que fuera necesario para mantener comida en la mesa.
Y aunque nunca tuvimos lujos, jamás sentí que me faltara algo.
Hasta que llegó la enfermedad.
Al principio fue una simple fiebre.
Después un cansancio extraño.
Luego una tos persistente.
Y finalmente el silencio.
Recuerdo la tarde exacta en que comprendí que mi madre estaba muriendo.
Yo tenía siete años.
Ella estaba sentada junto a la ventana observando la lluvia.
No cosía.
No leía.
No hacía nada.
Simplemente miraba el exterior.
Como si estuviera despidiéndose de algo.
O de alguien.
—¿Mamá?
Giró la cabeza lentamente.
Sonrió.
Pero aquella sonrisa no llegó a sus ojos.
—¿Sí, mi amor?
—¿Te vas a poner bien?
Durante unos segundos no respondió.
Y ese silencio me dio más miedo que cualquier palabra.
Finalmente tomó mi mano.
La llevó a sus labios.
Y la besó.
—Siempre voy a estar contigo.
No respondió mi pregunta.
Ahora entiendo por qué.
Porque ya conocía la respuesta.
Los meses siguientes destruyeron todo lo que conocíamos.
La enfermedad consumió a mi madre.
El dinero desapareció.
La alegría desapareció.
Y una mañana desperté para descubrir que ella ya no respiraba.
No hubo discursos.
No hubo despedidas.
No hubo milagros.
Solo una habitación vacía.
Y un padre roto.
Después del funeral, nuestra casa dejó de parecer un hogar.
Se convirtió en un lugar lleno de fantasmas.
Mi padre caminaba por las habitaciones como si buscara algo que jamás encontraría.
A veces lo veía quedarse inmóvil frente a la máquina de coser.
Observándola.
Esperando.
Como si ella pudiera regresar en cualquier momento.
Pero los muertos no regresan.
Y las cuentas seguían llegando.
Tres semanas después escuché una conversación en el mercado.
Dos hombres hablaban sobre una familia poderosa de Londres.
Necesitaban un chofer.
Pagaban bien.
Ofrecían vivienda.
Para cualquier otra persona habría sido una oportunidad.
Para nosotros era una última oportunidad.
Corrí a casa.
Encontré a mi padre sentado frente a la ventana.
La misma ventana donde mi madre había pasado tantas horas.
La misma donde había pronunciado sus últimas mentiras piadosas.
—Tenemos que irnos a Londres.
Él levantó la mirada.
Y por primera vez vi algo diferente al dolor.
Vi miedo.
Porque aceptar significaba empezar de nuevo.
Y empezar de nuevo siempre es aterrador cuando ya has perdido demasiado.
Sin embargo, dos días después estábamos en un autobús rumbo a Londres.
Con dos maletas.
Un abrigo viejo.
Y una esperanza tan frágil que parecía capaz de romperse con el menor movimiento.
Nunca olvidaré la primera vez que vi la mansión Jones.
Parecía un castillo.
Las rejas negras.
Los jardines infinitos.
Las fuentes de piedra.
Todo era tan perfecto que me hizo sentir pequeña.
Ridículamente pequeña.
Un hombre vestido de negro nos condujo por corredores interminables.
Cada cuadro parecía valer más dinero del que mi familia había visto en toda su existencia.
Finalmente llegamos a una biblioteca enorme.
Y allí estaba ella.
Rebeca Jones.
Elegante.
Impecable.
Fría.
Observándonos como si estuviera evaluando mercancía.
Mi padre explicó nuestra situación.
Habló de experiencia.
De conducción.
De disponibilidad.
Jamás mencionó la palabra necesidad.
Porque incluso en la pobreza conservaba su orgullo.
Cuando terminó, la mujer guardó silencio durante varios segundos.
Luego asintió.
—El trabajo es suyo.
Mi padre exhaló.
Yo también.
Pensé que todo había terminado.
Me equivoqué.
Porque justo entonces escuchamos un golpe seco en el piso superior.
Todos levantamos la mirada.
Y lo vi.
Un niño.
Quizá diez años.
Cabello oscuro.
Ropa impecable.
Espalda recta.
Ojos imposibles de olvidar.
Nos observaba desde la escalera.
Pero no parecía curioso.
Ni sorprendido.
Ni siquiera molesto.
Parecía furioso.
Como si nuestra sola presencia fuera una ofensa personal.
Sus ojos se clavaron en mí.
Y algo extraño ocurrió.
Tuve la sensación de que me conocía.
Era imposible.
Jamás había visto a ese niño.
Sin embargo, la intensidad de su mirada hizo que el aire abandonara mis pulmones.
Nadie dijo una palabra.
Ni él.
Ni yo.
Pero en aquel instante sentí algo que nunca había experimentado.
Peligro.
Entonces Alexander Jones giró sobre sus talones.
Y desapareció por el pasillo.
Sin despedirse.
Sin explicar nada.
Sin dejar de perseguirme con el recuerdo de aquellos ojos.
Años después comprendería que ese fue el primer momento en que nuestras vidas quedaron unidas.
Pero aquella tarde yo todavía era una niña.
Una niña que creía haber llegado a Londres buscando un futuro mejor.
Lo que no sabía era que acababa de entrar en el centro mismo de una guerra que había comenzado mucho antes de mi nacimiento.
Y que Alexander Jones no era el príncipe de aquel castillo.
Era la tormenta que había estado esperándome desde la noche en que vine al mundo.
A MIS LECTORAS.Al llegar a este punto final, donde las pantallas se apagan y los personajes por fin encuentran el silencio que tanto buscaron, me resulta imposible no mirar hacia atrás y ver el camino que hemos recorrido juntas. Escribir esta historia ha sido una de las experiencias más intensas y reveladoras de mi vida, pero no habría sido la misma sin la presencia constante, silenciosa o vibrante, de ustedes al otro lado de la pantalla.Para mis lectoras: gracias por haber sido el motor de este sistema. Cuando comencé a tejer la historia de Amelia y Alexander, no sabía exactamente hasta dónde nos llevaría este juego de poder, intrigas y romance oscuro. Solo tenía una premisa y dos personajes que se negaban a rendirse. Sin embargo, fueron ustedes, con su lectura capítulo tras capítulo, quienes le dieron sentido a cada giro de la trama. Gracias por haber sido las cómplices de nuestras traiciones, por haber sufrido con cada bala, por haber analizado cada hackeo y por haberse permitido
Narra: AmeliaUn año ha pasado desde que el humo del helicóptero se disipó en las Feroe. Si alguien me hubiera dicho, mientras revisaba servidores en los sótanos de Aberdeen, que terminaría mis días horneando pan en una cocina pequeña y luminosa frente a una costa que no aparece en los mapas comerciales, me habría reído con la misma frialdad que reservaba para mis adversarios.Aquí, el único sistema que gestiono es el cambio de las estaciones.Dejé la bandeja sobre la mesa de madera rústica y miré hacia la ventana. Alexander estaba afuera, cortando leña para el invierno. Ya no viste trajes hechos a medida ni chalecos tácticos. Lleva una camisa de lana desgastada y sus manos, que una vez estuvieron marcadas por el peso de las armas y la autoridad de una junta directiva, ahora están curtidas por el trabajo de la tierra. Se detuvo un momento, secándose el sudor de la frente, y me vio a través del cristal. Su sonrisa, esa que antes solo aparecía cuando ganábamos una batalla corporativa, a
Narra: AlexanderEl sol comenzó a filtrarse entre las nubes bajas, bañando los acantilados de las Islas Feroe con una luz dorada que parecía casi irreal después de meses de vivir entre sombras, códigos y acero. El helicóptero del arquitecto era ahora poco más que un esqueleto humeante contra la roca, un recordatorio estático de que habíamos ganado una guerra que nadie más sabía que estábamos librando.Amelia estaba a mi lado, respirando el aire puro del norte. Por primera vez, sus manos no estaban sobre una terminal, ni sus ojos buscaban una brecha en la seguridad; estaban entrelazados con los míos. El peso del "Corazón del Algoritmo", ese pequeño dispositivo que una vez tuvo el poder de doblegar imperios, descansaba ahora en el fondo del mar, hundido por nosotros en la fosa más profunda de la bahía. Habíamos borrado nuestras identidades, nuestras deudas y nuestro pasado.—¿Sientes eso? —me preguntó, rompiendo el silencio. Su voz ya no tenía la urgencia de la superviviente, sino la ca
Narra: AlexanderEl aire en los acantilados era puro, frío y cortante, un contraste brutal con el hedor a químicos del búnker. A mis espaldas, Amelia se mantenía firme, con la terminal portátil aún encendida, sus dedos danzando sobre el cristal líquido con una velocidad sobrehumana. Ella no solo estaba hackeando el helicóptero; estaba cerrando el cerco, eliminando todas las rutas de escape posibles.—Tengo control sobre los sistemas de navegación —anunció, su voz clara y desprovista de cualquier titubeo—. El arquitecto cree que despegará hacia el continente, pero el piloto automático está siendo redirigido hacia el norte, a un área sin cobertura donde sus sistemas de comunicación ya no tienen salida.Observé el helicóptero. Las turbinas giraban con un gemido agudo, levantando una nube de gravilla y niebla. Corrí hacia el borde de la pista, sintiendo la adrenalina destilando cada gota de veneno que aún quedaba en mis músculos. No necesitaba disparar, no todavía. Necesitaba que el hombr
Último capítulo