Narra: AlexanderSalí de la cocina con los pulmones ardiendo, como si el vapor acumulado en las zonas de servicio se hubiera instalado de golpe en mi caja torácica. El aire del pasillo señorial, aunque climatizado a la perfección por los sistemas de la mansión, se sentía insuficiente, rancio, cargado del peso de demasiadas mentiras. Todavía podía sentir la textura de los hombros de Amelia bajo mis dedos; todavía podía ver el destello de desafío puro y cortante en sus ojos oscuros. Esa chispa de fuego que yo mismo había ayudado a encender con años de desprecio sistemático ahora se alzaba como un incendio que amenazaba con consumirme por completo.Me detuve en seco frente al gran espejo de marco dorado del vestíbulo este. Me ajusté el cuello del esmoquin con movimientos mecánicos, pero mis manos, siempre firmes durante mis recitales de piano, no dejaban de temblar de forma perceptible. Odiaba esa debilidad. Odiaba con toda mi alma que una niña de quince años, armada únicamente con un del
Leer más