Los años no llegaron de golpe, como un vendaval que lo cambia todo en un instante; más bien ocurrieron de forma sigilosa, uno detrás de otro, constantes como la lluvia de Nottingham golpeando un cristal durante demasiado tiempo. Antes de que pudiera darme cuenta, la niña rota que había llegado a Londres, aferrada a la manga del abrigo de su padre, comenzó a desvanecerse. Los primeros meses en la propiedad de los Jones estuvieron marcados por una adaptación forzada, pero luego vinieron las costumbres, después la rutina y, finalmente, surgió esa sensación peligrosa y seductora de pertenecer a un mundo que, por derecho de nacimiento, me estaba vedado.Mi universo personal, al principio, era un triángulo pequeño: la casa de los empleados, la cocina de Isabelita y los senderos de grava que conectaban la entrada con el mundo exterior. Sin embargo, Londres posee una energía extraña que te empuja hacia adelante, como si quedarse quieto fuera un pecado. A los ocho años, cuando pisé por primera
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