Acepté el sobre de Julian.
Mis dedos rozaron los suyos al tomarlo y sentí una descarga gélida, como si estuviera firmando un contrato con una entidad que no conocía la piedad. No hubo más palabras en la cafetería. Julian simplemente se dio la vuelta, caminó hacia su coche y esperó a que yo tomara la decisión final.
El ático de Julian en Edimburgo no era un hogar; era un laboratorio de deshumanización.
Durante las primeras semanas, el silencio de aquellas paredes de cristal me gritaba todo lo qu