Londres me recibió con su característica capa de niebla y un aire que pesaba a carbón y ambición. Mientras el coche negro de Julian se deslizaba por las calles de la City, observé los rascacielos de cristal que se alzaban como monumentos al ego de los hombres que los construyeron.
Nos detuvimos frente al edificio de Jones & Steel Industries. Era una torre de acero oscuro y espejos que reflejaba un cielo que se negaba a clarear. Mi corazón dio un vuelco, pero mis manos, enfundadas en guantes de