La cocina de la mansión Jones era un hervidero de vapor, gritos apagados y el choque constante de la porcelana. Pero para mí, el ruido se sentía lejano, como si estuviera bajo el agua. El nombre de Julian Cavendish seguía resonando en mis oídos, compitiendo con el recuerdo de la mirada desesperada que Alexander me había lanzado apenas unos minutos antes.
Julian seguía allí, apoyado contra la mesa de acero inoxidable con una familiaridad que resultaba insultante para el orden estricto de la casa