Después de que Alexander me soltara en la biblioteca, el aire se sintió demasiado pesado, como si el oxígeno se hubiera evaporado de la habitación. Me quedé allí, de pie entre los estantes de madera oscura, frotándome el brazo donde sus dedos habían dejado una huella de calor invisible. Tenía quince años, pero en ese momento sentí que mi alma pesaba un siglo.
Mis manos temblaban mientras intentaba recoger la libreta que se me había caído. Sus palabras seguían martilleando en mi cabeza como una