El papel en mi bolsillo trasero se sentía como una brasa ardiendo contra mi piel. Salí de la bodega con pasos mecánicos, ignorando la mirada inquisidora de mi madre que permanecía estática junto a la puerta, como una reina esperando un informe de guerra. No podía mirarla a los ojos. No hoy. Porque si la miraba, vería a la mujer que había planeado robarle el futuro a una huérfana para dárselo a un hijo al que ni siquiera era capaz de amar.
—Alexander, te hice una pregunta —dijo ella, su voz suav