Salí de la cocina con los pulmones ardiendo. El aire del pasillo, aunque climatizado a la perfección, se sentía insuficiente. Todavía podía sentir la textura de la piel de Amelia bajo mis dedos; todavía podía ver el destello de desafío en sus ojos, esa chispa de fuego que yo mismo había ayudado a encender con años de desprecio y que ahora amenazaba con consumirme.
Me detuve frente a un gran espejo de marco dorado en el vestíbulo. Me ajusté el esmoquin con movimientos mecánicos, pero mis manos n