Necesitamos hablar

**FREDERY**

—¿Quién es Victoria? —pregunta Amaya.

Mi madre responde de inmediato.

—Una vieja conocida de la familia.

Lo hace con tanta rapidez que cualquiera podría pensar que se trata de un tema sin importancia. Sin embargo, conozco demasiado bien a mi madre para no notar lo que intenta hacer. Está tratando de cerrar la conversación antes de que avance un paso más.

El problema es que Zoe nunca ha sido buena detectando tensiones familiares.

—¡Victoria es mi mejor amiga! —dice con entusiasmo—. También fue amiga de infancia de Fredery. Crecieron juntos prácticamente toda la vida —continúa sin notar la mirada que mi madre acaba de dirigirle—. De hecho, hace unos cinco años se convirtió en familia porque se casó con nuestro primo.

Amaya asiente lentamente, procesando la información.

—Ya veo.

Pero la forma en que me mira después me dice que, en realidad, no entiende nada. Percibo la curiosidad en sus ojos. Ha notado el cambio en el ambiente. Ha visto desaparecer las sonrisas y el silencio que siguió a un nombre que, en teoría, no debería significar nada.

Siento cómo los músculos de mis hombros se tensan.

Maldita sea.

—Zoe... —interviene mi madre en tono de advertencia.

—¿Qué?

—No hace falta hablar de eso.

Mi hermana frunce ligeramente el ceño, confundida.

—¿Y qué tiene de malo? Amaya ya es parte de la familia. Tarde o temprano tendrá que conocer a todos.

El silencio que sigue resulta incómodo. No porque Zoe haya dicho algo incorrecto, sino porque mi madre y yo sabemos que no es un tema sencillo. Mi madre baja la vista hacia su taza de café, mientras yo descubro que mis dedos se han cerrado alrededor de los cubiertos con más fuerza de la necesaria y Amaya lo nota.

Lo sé porque sus ojos se detienen un instante en mi mano antes de volver a mi rostro.

—Supongo que la conoceré algún día —dice finalmente.

—Claro que sí —responde Zoe con naturalidad.

No digo nada.

Permanezco observando mi taza de café, escuchando cómo la conversación intenta retomar su curso mientras una sensación incómoda se instala en mi pecho.

Victoria… Cinco malditos años y aun así basta escuchar su nombre para que mi cabeza se llene de recuerdos que preferiría mantener enterrados. Recuerdos que no tienen cabida en mi presente y mucho menos ahora que estoy intentando mantener mi vida bajo control.

—Tenemos que irnos —anuncio levantándome de la mesa.

Amaya me observa.

—¿Tan pronto?

—La agenda está llena.

—Fredery tiene razón —interviene mi madre de inmediato—. No deberían llegar tarde.

Amaya asiente mientras se pone de pie. Sin embargo, noto que antes de abandonar el comedor vuelve a lanzar una última mirada hacia Zoe. La curiosidad sigue ahí, puedo verla perfectamente en sus ojos.

Pocos minutos después abandonamos la mansión. Marcus conduce como de costumbre mientras el automóvil avanza entre el tráfico matutino y yo intento concentrarme en varios correos pendientes desde la tableta. Intento. Porque llevo más de diez minutos observando la misma pantalla sin procesar una sola palabra. Mi cabeza sigue atrapada en el desayuno, en un nombre que no debería significar nada y, aun así, es capaz de despertar recuerdos que creía enterrados.

—¿Esa chica fue tu novia?

La voz de Amaya me arranca de mis pensamientos. Levanto la vista y la encuentro observándome con cautela. No parece incómoda ni acusadora; tampoco hay celos en su expresión. Solo curiosidad.

—No.

La respuesta sale seca y directa.

—Entiendo.

Asiento apenas y vuelvo a la tableta, convencido de que con eso la conversación ha terminado. Pero unos segundos después vuelve a hablar.

—Entonces, ¿por qué todos se pusieron tan raros cuando pregunté por ella?

Exhalo lentamente mientras deslizo un dedo por la pantalla sin llegar a leer nada.

—Son asuntos familiares.

Durante unos segundos guarda silencio y creo que finalmente ha decidido dejar el tema. Incluso alcanzo a relajar la mandíbula.

Entonces vuelve a hablar.

—¿Dónde dormiste anoche?

Mis dedos se detienen sobre la pantalla.

La pregunta llega en el peor momento posible.

No porque tenga algo que ocultar, sino porque llevo toda la mañana intentando mantener el control sobre pensamientos que preferiría ignorar y ahora ella parece decidida a cruzar límites que nunca debieron formar parte de nuestra conversación. Levanto la vista despacio y la encuentro observándome con la misma curiosidad tranquila de siempre.

—Amaya, ¿qué te importa? Deja de meterte en mi vida.

Las palabras salen más duras de lo que pretendía.

El silencio se instala de inmediato dentro del automóvil. Incluso Marcus levanta la vista hacia el espejo retrovisor por un instante antes de volver a concentrarse en la carretera.

Amaya parpadea, claramente sorprendida por mi reacción, aunque hace un esfuerzo evidente por mantener la calma.

—Solo estaba tratando de tener una conversación.

—Pues deja de hacerlo y que te quede claro algo —replico con frialdad—. Lo nuestro es un contrato, Amaya. No confundas las cosas.

Nadie vuelve a hablar.

Ella baja la mirada hacia el teléfono que sostiene entre las manos y, después de unos segundos, responde con una voz apenas audible.

—Lo siento. No volverá a suceder.

La respuesta debería tranquilizarme. Después de todo, es exactamente la distancia que siempre quise mantener. Sin embargo, una sensación incómoda se instala en mi pecho.

Intento decir algo más, aunque ni siquiera sé exactamente qué. Pero en ese momento el automóvil se detiene frente a la empresa.

Ella abre la puerta sin esperar a nadie y desciende del vehículo y ni siquiera me mira. La observo avanzar entre la multitud que entra al edificio y, por primera vez desde que firmamos aquel contrato, tengo la desagradable sensación de haber cometido un error.

—Eso no salió muy bien —comenta Marcus desde el asiento del conductor.

Aparto la vista de la entrada.

—Ocúpate de la reunión de las diez.

Marcus arquea una ceja.

—Claro. Porque eso es lo más importante ahora.

Le dirijo una mirada que debería bastar para terminar la conversación.

—Solo digo que quizá fue un poco duro.

—Marcus.

—Ya me callo.

Sin embargo, cuando comenzamos a caminar hacia el edificio, sé perfectamente que piensa que me equivoqué.

Y lo peor es que no estoy completamente seguro de que esté equivocado.

El resto del día transcurre entre reuniones, llamadas y contratos. Tendré que trabajar más horas de las habituales, como si el exceso de ocupaciones pudiera silenciar pensamientos que no deberían estar ahí. Nada funciona y tampoco mejora al día siguiente, ni al siguiente.

Los días continúan avanzando y Amaya hace exactamente lo que le pedí: Ser la esposa por contrato que siempre quise.

Ha dejado de hacer preguntas que no están relacionadas con el trabajo, ya no intenta iniciar conversaciones durante los trayectos a la empresa. Incluso en la mansión apenas coincidimos, sale temprano por las mañanas y, cuando termina la jornada, regresa directamente a casa. Los fines de semana los pasa con su abuela en el hospital y rara vez vuelve antes del domingo por la tarde.

Luego pasan los días, y cuando me doy cuenta, ya han transcurrido un mes desde que nos casamos. Es entonces cuando comienzo a notar cosas.

Extraño escucharla cuestionar mis decisiones cuando considera que estoy equivocado. Extraño la manera en que frunce la nariz cada vez que algo la molesta. Extraño esa obstinación absurda que la llevó a enfrentarse sola a aquellas mujeres durante la gala. La misma firmeza con la que me corrigió en una reunión llena de ejecutivos sin importarle que yo fuera el dueño.

Extraño a la Amaya que no tenía miedo de llevarme la contraria. Lo cual es completamente absurdo. Porque fui yo quien levantó ese muro y ella simplemente tuvo la decencia de respetarlo.

Una noche, mientras regresamos tarde de una reunión con inversionistas, mi mente está concentrada revisando algunos documentos. Cuando finalmente levanto la vista, descubro que Amaya se ha quedado dormida.

La tableta descansa sobre su regazo, su cabeza permanece apoyada contra la ventana y por primera vez en muchos días parece relajada.

Guardo silencio, mientras me quedo observándola. Cuando llegamos a la mansión, ella no despierta.

—Está agotada —murmura Marcus.

Durante unos segundos considero despertarla. Pero termino decidiendo que debo cargarla.

—Yo me encargo, respondo a Marcus

Salgo del vehículo y rodeo el automóvil. Estoy a punto de inclinarme para cargarla cuando sus ojos se abren de golpe.

Amaya se incorpora inmediatamente.

—¿Ya llegamos?

La frase sale rápida, automática.

—Puedes seguir durmiendo. Te llevaré dentro.

Ella niega con la cabeza y recoge sus cosas antes de bajar sola.

—No es necesario, señor Blackwood.

La formalidad vuelve a aparecer entre nosotros. Como una barrera.

Mientras la observo caminar hacia la entrada sin permitirme ayudarla, comprendo algo que no había considerado cuando le pedí distancia.

La distancia también funciona en ambos sentidos.

Regreso al automóvil y Marcus pone el vehículo en marcha rumbo al garaje. Estoy convencido de que la noche ha terminado hasta que él rompe la calma con esa tranquilidad irritante que suele adoptar cuando cree haber entendido algo antes que yo.

—Se veía desconcertado por su reacción.

Apoyo la cabeza contra el respaldo.

—Solo quería ayudarla.

—No hablaba de eso.

Giro el rostro hacia él.

—Lo curioso es que hace unas semanas ella habría aceptado.

Sus palabras me obligan a guardar silencio, porque tiene razón.

Hace unas semanas Amaya habría discutido conmigo primero, habría cuestionado mis intenciones después y probablemente habría terminado aceptando de mala gana mientras me recordaba que soy un hombre insoportable. Ahora no. Ahora simplemente recoge sus cosas, agradece con educación y se marcha sin permitirme acercarme demasiado.

—Está respetando los límites que le pedí.

—No exactamente.

—¿No?

Marcus gira apenas el volante mientras entra al estacionamiento del edificio y su tono se mantiene tan calmado que resulta irritante.

—Está obedeciendo.

La diferencia debería ser mínima, pero por alguna razón me golpea con más fuerza de la que debería. No respondo de inmediato y él aprovecha el silencio para continuar.

—Y créeme, Fredery, cuando una mujer pasa de discutir con usted a obedecerle, normalmente no significa que las cosas estén mejorando.

Suelto una risa seca sin apartar la vista del frente.

—Desde cuándo te convertiste en experto en relaciones.

—Desde que llevo días observando cómo ambos se comportan como dos desconocidos que comparten la misma casa.

—Es un matrimonio por contrato.

—Lo sé —responde sin dudar—, pero empiezo a pensar que usted es el único que sigue repitiéndolo para convencerse.

Marcus estaciona finalmente y apaga el motor.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Que, si ella realmente le fuera indiferente, no pasaría la mitad del día observándola cada vez que entra o sale de su oficina.

Lo miro fijamente.

—No hago eso.

—Claro que sí.

Su sonrisa se ensancha apenas.

—Y tampoco se quedaría más tiempo del necesario solo para verla dormir.

No respondo porque, por primera vez, no estoy completamente seguro de poder discutirle.

El silencio dentro del automóvil se vuelve más denso de lo habitual y termino bajando sin añadir una sola palabra más. Mientras ingreso a la mansión y me dirijo directamente al pequeño bar, siento la mirada de mi madre siguiéndome desde la sala, demasiado atenta para ser casual y conociéndola, eso nunca es una buena señal.

—¿Qué ocurre?

Ni siquiera he llegado a servirme un vaso cuando su voz me detiene. Ella deja su tasa de te sobre la mesa con calma, esa clase de calma que siempre precede a algo que no me va a gustar.

—Necesitamos hablar.

—¿Sobre qué?, respondo

—Sobre ustedes.

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