El sonido de las ruedas de la camilla resonaba por los pasillos del hospital, mezclado con los pasos apresurados de los médicos y enfermeros y el pitido constante de los monitores. John la seguía, apretándole la mano a Elizabeth, con el rostro angustiado, mientras ella, seminconsciente, gemía en voz baja.
— ... amor, quédate conmigo... por favor... no me dejes —susurraba, casi sin voz.
En cuanto llegaron a la puerta de urgencias, una de las doctoras le impidió continuar.
— Señor, a partir de aquí tiene que esperar. Déjenos cuidar de ella.
— Por favor... manténganme informado... no tarden... — suplicó, sosteniendo su mano hasta el último segundo, hasta que la puerta se cerró, separándolo de lo que más importaba en su vida.
Adam estaba con él y se colocó frente a él, tratando de tranquilizarlo con la mirada.
— Voy a entrar. En cuanto pueda, te daré noticias.
Adam corrió hacia la sala de urgencias.
John se quedó parado unos segundos, mirando la puerta cerrada, como si pudiera atravesarla