El sonido de las ruedas de la camilla resonaba por los pasillos del hospital, mezclado con los pasos apresurados de los médicos y enfermeros y el pitido constante de los monitores. John la seguía, apretándole la mano a Elizabeth, con el rostro angustiado, mientras ella, seminconsciente, gemía en voz baja.
— ... amor, quédate conmigo... por favor... no me dejes —susurraba, casi sin voz.
En cuanto llegaron a la puerta de urgencias, una de las doctoras le impidió continuar.
— Señor, a partir de aq