El coche avanzaba por las calles. Mary, agotada tras tanta emoción, dormía en el regazo de Elizabeth, que permanecía acurrucada en los brazos de John. Él, el hombre que rara vez se permitía mostrar debilidad, lloraba ahora como un niño.
—Perdóname, mi amor... no quería... —su voz se quebró, entrecortada por el dolor de imaginar lo que podría haber pasado.
Elizabeth levantó los ojos también llorando, apretó su mano contra sus labios y le dio un beso suave, lleno de ternura.
—John, no te culpes.