La mansión de Dimitri exhalaba el aroma penetrante de vodka caro mezclado con el dulce ahumado de samovar recién preparado y el acre olor a cuero envejecido de los volúmenes de Pushkin que adornaban los estantes.
Las paredes, forradas en madera de caoba siberiana, exhibían trofeos de un pasado que Alexander conocía demasiado bien: entre los iconos ortodoxos y las matrioskas de colección, se colgaban cuadros robados, reliquias prohibidas, fotografías de operaciones que nunca debieron documenta