En el desayuno, Alexander apareció con un aire renovado, pero Daniela notó el rastro de lápiz labial en su cuello que él no había logrado limpiar por completo.
—¿Dormiste bien? —preguntó él, sirviéndole jugo de naranja como si nada hubiera pasado.
—Como un bebé —mintió ella, partiendo un croissant con demasiada fuerza—. ¿Y tú? ¿Noche productiva?
Alexander bebió su café negro antes de responder.
El silencio que siguió fue más frío que el aire acondicionado del restaurante.
En el vuelo