Iris
No he salido de la sala de descanso durante cuarenta minutos.
No uno menos.
Suficiente tiempo para que mis ojos se sequen y mis pensamientos tomen forma. No los correctos. No los justos. Pero los únicos que me permiten mantenerme erguida. Me he vuelto a poner lápiz labial, alisado mi cabello, ajustado mi blusa. Me he vuelto a colocar la máscara. La que miente mejor que yo.
Cuando regreso a mi puesto, un sobre negro me espera sobre el teclado. No un correo. No un mensaje. Una carta física, sellada con cera.
La tomo con la punta de los dedos, los músculos del cuello tensos.
Sin nombre. Sin logo. Solo un perfume muy ligero, casi imperceptible. Amaderado, complejo. Masculino. Deliberadamente.
Rasgo el sello. Dentro, una simple tarjeta de papel grueso, con letras plateadas.
« Oficina del Señor Raphaël 19h30. »
Es hora de hablar en serio.
Leo la nota dos veces. No hay una palabra más. No hay firma. Sabe que entiendo. Quiere que entienda.
Y no es una invitación. Es