No duermo esa noche.
Cada vez que cierro los ojos, revivo su mirada. Glacial. Calculadora. Demasiado calma para ser humana. También recuerdo sus palabras, pronunciadas sin prisa, con ese dominio helador de quienes nunca han necesitado alzar la voz para hacer ceder a los demás.
Raphaël no necesita amenazar.
Con que hable, el mundo se reorganiza a su alrededor.
Y yo, en ese mundo, no soy más que un casillero por llenar. Una variable a integrar en una ecuación que él es el único que comprende.