No duermo esa noche.
Cada vez que cierro los ojos, revivo su mirada. Glacial. Calculadora. Demasiado calma para ser humana. También recuerdo sus palabras, pronunciadas sin prisa, con ese dominio helador de quienes nunca han necesitado alzar la voz para hacer ceder a los demás.
Raphaël no necesita amenazar.
Con que hable, el mundo se reorganiza a su alrededor.
Y yo, en ese mundo, no soy más que un casillero por llenar. Una variable a integrar en una ecuación que él es el único que comprende. Una pieza movida en un tablero de ajedrez cuyas reglas y consecuencias no domino. Lo peor es que dudo incluso saber qué color defiendo.
Permanezco acostada, los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando los latidos desordenados de mi corazón. El silencio es pesado, casi hostil. Cada crujido de la madera, cada soplo del viento contra las ventanas me hace saltar. Intento calmar mi respiración, convencerme de que estoy a salvo aquí, entre cuatro paredes impersonales, en este apartamento que ya no