Iris
No siento mis piernas.
He caminado hasta la oficina sin recordar realmente el trayecto. El metro, las aceras grises, los rostros ausentes. Todo ha pasado en una borrosidad sucia, como si mi cuerpo avanzara sin mí. Me he cruzado con colegas, respondido a sus sonrisas mecánicas, asentido con la cabeza, como si nada pasara. Como si no hubiera escuchado a mi marido pedirme, el día anterior, que vendiera mi silencio. O mi cuerpo. Ya ni siquiera lo sé.
Me he sentado en mi escritorio, y mis dedos han encontrado el ratón, abierto los archivos correctos, escrito los códigos adecuados. Los gestos están ahí. Lo demás, no.
Tiemblo.
No por fuera. No todavía. Pero por dentro, todo se quiebra. Un estruendo mudo. Una rabia contenida. Un dolor que se debate.
Creía que éramos un equipo.
Creía que siempre me vería como su cómplice. No como una pieza para monetizar.
Lo peor no es que se haya atrevido.
Es que no tuvo vergüenza. No al principio. Primero intentó convencerme. Con palabras dulces,