Iris
No siento mis piernas.
He caminado hasta la oficina sin recordar realmente el trayecto. El metro, las aceras grises, los rostros ausentes. Todo ha pasado en una borrosidad sucia, como si mi cuerpo avanzara sin mí. Me he cruzado con colegas, respondido a sus sonrisas mecánicas, asentido con la cabeza, como si nada pasara. Como si no hubiera escuchado a mi marido pedirme, el día anterior, que vendiera mi silencio. O mi cuerpo. Ya ni siquiera lo sé.
Me he sentado en mi escritorio, y mis dedos