Iris
El peso de su presencia es una jaula invisible que se cierra en torno a mí en cuanto nuestras miradas se cruzan. Cada latido de mi corazón resuena como un tambor sordo en el silencio opresivo de la habitación, cada aliento compartido se vuelve un murmullo de explosión contenida, un preludio al caos. Rafael está ahí, frente a mí, una fuerza bruta, un depredador de ojos sombríos, y siento que me he convertido en su presa — frágil, ofrecida — pero también en su única obsesión, el centro ardie