La mañana amaneció extrañamente tibia, como si el mundo —a pesar de todo— quisiera regalarnos un respiro.
Alice dormía abrazada a mí, su respiración tranquila todavía rozando mi clavícula. Después de todo lo que había pasado, después de haberla recuperado, después de haber pasado la noche amándola con esa mezcla de urgencia, alivio y miedo… sentía que renacía.
A las 7:30 bajamos a desayunar. Anne ya estaba en el comedor, impecable, con una taza de café frente a ella como si hubiera pasado la no