Desperté con un dolor que no se sentía en el cuerpo, sino en el pecho… como si hubiera dormido con una piedra enterrada bajo las costillas.
Abrí los ojos y la habitación estaba bañada por la luz suave del amanecer. Richard dormía enredado en su manta azul, con su osito de peluche aplastado contra la cara. Alhara, en su cunita blanca al lado de mi cama, respiraba con ese sonido leve, casi musical, que tienen los bebés cuando duermen seguros.
Y ahí estaba la primera estocada.
Seguros… pero sin Al