Al subirme al auto, aún sentia el perfume de Alice flotando en mi memoria como un hilo atado al pecho. Había pasado media hora desde que me despedí de ella, desde que dejé mis labios sobre los suyos con una devoción que rozaba la plegaria. Ese beso fue distinto. Algo dentro de mí se encendió, algo que no sentía desde antes del coma, antes de la oscuridad interminable en la que ella estaba atrapada.
Contesté sin mirar la pantalla.
—¿Carter? —la voz de Nathan irrumpió con energía—. Hermano, est