No sé cuándo fue la última vez que crucé la puerta del hospital.
Hace semanas, quizás dos meses, en el ritmo caótico que absorbió mi vida desde que regresé a la galería a tiempo completo. Nathan me cubrió todo lo que pudo, pero las responsabilidades terminaron cayendo sobre mis hombros como el peso de un edificio. Boston no perdona. Washington y Nueva York tampoco. Tres galerías, contratos millonarios que firmar, exposiciones internacionales que preparar, coleccionistas exigiendo mi presencia,