El amanecer no trajo paz.
Lo supe en cuanto encendí mi teléfono y vibró como un corazón en paro: treinta llamadas perdidas, cuarenta mensajes, correos de medios de comunicación que jamás deberían tener mi número. Por un segundo pensé que era un error, un ruido del mundo exterior incapaz de penetrar el silencio blanco de la habitación donde Alice dormía. Pero el caos —siempre— encuentra la grieta por donde colarse.
Deslicé el dedo y ahí estaba en internet:
> LA ESPOSA DEL MAGNATE DEL ARTE ETHAN