No dormí, nada en absoluto, Ni un minuto.
La noche de mi boda —esa que se supone debe ser la más feliz en la vida de cualquier persona— la pasé con los ojos clavados en el techo, sintiendo el ritmo acelerado de mi respiración y el peso creciente de una sospecha que no sabía cómo sostener.
Alice dormía profundamente a mi lado, extenuada.
Se veía frágil… demasiado.
Y esa servilleta manchada de sangre seguía clavada en mi mente como un cuchillo frío.
No puede ser nada grave, intentaba repetirme.
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