Cegado por la rabia y el dolor.
Un ardor insoportable se apoderó del pecho de Elijah y, tras soltar un grito furioso, desató una violenta oleada de energía que lanzó a los brujos que lo tenían atrapado, en todas direcciones.
El conocimiento lo abandonó; todo lo que sentía era una sed insaciable de sangre. Su cuerpo comenzó a metamorfosearse en una bestia, desgarrando su ropa en harapos.
Sin darles oportunidad a los brujos de escapar, con pies y manos convertidos en garras y con una velocidad nunca antes vista, les arrancó los