Mundo de ficçãoIniciar sessãoDOMINIQUE
La limusina negra se tragó a Luisa en un segundo. Negro, brillante, frío. Como él. Como todo lo que rodea a ese hijo de puta. Me quedé ahí, empapado hasta los huesos bajo la lluvia que parecía una maldición, mirando las luces traseras del vehículo alejarse mientras mis manos temblaban de puro odio. El uniforme del Rey, ese emblema que juré proteger con mi vida, me pesaba como si fuera plomo fundido. Me lo arranqué del pecho con un tirón seco. El broche se soltó, dejando un agujero en la tela, y tiré la insignia al barro. Sonó a nada. A basura. Esa noche me di cuenta de una cosa que me cambió las tripas: ser leal a un sistema que te escupe a la cara, que te usa como un perro guardián mientras tus amos se pudren en su propia avaricia, es de imbéciles. Ya no protejo a nadie. Ya no guardo ninguna bandera. Solo me importa ella. Y si tengo que quemar este mundo para sacarla de ahí, que así sea. La perseguí por la ciudad. Como un perro, sí, moviéndome por los niveles inferiores donde la luz no llega y donde nadie quiere mirar. Me arrastré por callejones que apestaban a humedad y a fracaso, esquivando las patrullas de la guardia que todavía reconocen mi cara. Me hice un corte profundo en la mejilla al saltar una valla de seguridad oxidada en el Distrito Sur. Me escocía, un ardor punzante que me bajaba por la cara mezclándose con la lluvia. Pero me daba igual. Necesitaba ese dolor. Necesitaba sentir algo que no fuera este nudo negro y asfixiante que se me ha instalado en el estómago desde que la vi en el cementerio. La vi entrar en la torre Ferré. Esa torre es un insulto a la vista. Todo cristal, todo ángulos rectos, una perfección aséptica que me revuelve el estómago. Me colé en su red, tirando de viejos contactos, de códigos de acceso que aprendí cuando aún creía en el honor, de trucos sucios que me enseñó mi padre antes de que el Rey lo convirtiera en un fantasma. Y ahí estaba ella, en la pantalla de una terminal improvisada en un sótano lleno de cables sueltos. Raúl. Ese tipo me da asco. No es un hombre, es una máquina de calcular dinero, un autómata que mide el valor de todo lo que toca. Vi cómo le ponía ese contrato delante, una pared de texto digital que es, en esencia, una sentencia de muerte. Lo que más me jodió, lo que me hizo querer atravesar la pantalla a puñetazos, no fue lo que él hacía, sino cómo reaccionó ella. Luisa no tembló. Hace nada, la veía llorando en el entierro de su madre, rota, hecha polvo, incapaz de sostenerse en pie. Ahora, no. Tiene el cuello tenso, la mandíbula firme y una mirada afilada que corta el cristal. Cuando pulsó el botón rojo, sentí que me arrancaban un pulmón. El aire se me fue de golpe. Raúl se acercó a ella, le susurró algo —no pude oírlo, maldita sea, qué no daría por saber qué le dijo— y ella ni se inmutó. No le dio el gusto. No se apartó ni un milímetro. Se plantó allí, asumiendo su nueva realidad con una frialdad que me da terror. Llevo una semana vigilando esa jaula de cristal. No es una casa, es un quirófano. No hay fotos, no hay recuerdos, no hay ni un puto objeto personal que se sienta vivo. La tienen estudiando, encerrada, preparándola para ser un arma, un activo más en su catálogo. La veo por los monitores a las tres de la mañana. Está leyendo contratos, memorizando leyes que ya no existen, buscando el punto débil de los clanes como si estuviera resolviendo un puzzle de sangre. Está aprendiendo a pensar como la gente que nos ha pisado la cabeza durante generaciones. Se está convirtiendo en lo que ellos son, para poder destruirlos desde dentro. Ayer la vi discutir con él. Raúl la miraba como si estuviera contemplando su mejor inversión, y ella… ella le devolvió la mirada con la misma intensidad, como si fuera la verdadera dueña de la habitación. Ese bastardo cree que la está domesticando, que le está enseñando las reglas del juego para que juegue a su favor. No tiene ni idea. No sabe que Luisa no es una mascota. Es una grieta. Es la fisura que va a hacer que todo su edificio perfecto se venga abajo. Yo sigo aquí afuera, en la basura. No estoy solo, aunque a veces lo parezca. Estoy reuniendo a otros que están igual de hartos que yo. Otros que han visto cómo este sistema nos usa como pilas para sus máquinas, gente que ha perdido todo y que no tiene miedo a morir si eso significa llevarse a un par de estos Alfas al infierno. Estamos conectados, estamos organizándonos. Mientras ella está ahí dentro aprendiendo cómo romper los barrotes desde el centro, yo estoy preparando el camino. Estamos sincronizados, aunque ella no lo sepa. Si Luisa va a ser la bala, yo voy a ser el gatillo. Que se preparen todos: el Rey, Ferré, el puto Consejo, todos esos que se creen dioses en sus torres de marfil. Ninguno sabe lo que viene. Ninguno espera que una Omega y un soldado olvidado se conviertan en su pesadilla. Ella ya no es la niña que lloraba en el jardín, y yo ya no soy el hombre que baja la cabeza y obedece sin preguntar. A veces, por la noche, mientras la veo dormir a través de esa lente de baja resolución, me pregunto si ella sabe que estoy aquí. Si siente que, a pesar de todo el cristal y todo el dinero de Ferré, sigo siendo su sombra. No me importa el costo. No me importa si tengo que convertirme en un monstruo para protegerla de los otros monstruos. La veo ahí, tan pequeña en ese colchón blanco, y siento una rabia que me purifica. Ellos creen que el poder es control, que es dinero, que es sangre real. Pero se equivocan. El poder es la capacidad de decidir cuándo termina tu servidumbre. He dejado de ser Dominique el soldado. Ahora soy Dominique el que espera. El que vigila. El que está listo para cuando ella dé la señal. A veces me pregunto qué pasará cuando nos encontremos. Si ella me reconocerá después de todo lo que he tenido que hacer. No me importa. Mi vida dejó de ser mía el día que la vi bajar de aquel coche. Todo lo que hago, cada movimiento, cada contacto en la red, cada paso que doy en la oscuridad, es para ella. Es para que, cuando llegue el momento, cuando ella decida que ya no hay más juegos, no estemos solos. El Rey cree que todavía le soy fiel. Raúl cree que me ha dejado fuera del tablero. Están cometiendo el error de sus vidas. Subestimar a alguien que no tiene nada que perder es la forma más rápida de encontrar la muerte. Se les acabó el tiempo. Ya no hay marcha atrás. Estoy afilando el cuchillo, estoy abriendo los ojos, y estoy listo para ver cómo arde todo. Que se preparen, porque la niña que ellos creían domesticar se les va a escapar entre los dedos como el mercurio, y yo estaré allí para recoger los pedazos. O para terminar el trabajo. La tormenta no es lo que viene. La tormenta somos nosotros.






