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Capítulo 6: Jaula de Cristal

LUISA

La mansión Ferré es una e****a. Está hecha de vidrio, acero y reglas que no ves, pero que te golpean si te mueves un milímetro fuera de lugar. No hay barrotes, no los hay, pero cada paso que doy activa un sensor, un soplido sutil en el sistema que me recuerda que estoy siendo medida. Las puertas se abren con mi huella, claro, pero alguien, en algún lugar de esta puta torre, siempre tiene que autorizarlo. La libertad aquí es un holograma. Es brillante, es luminosa, te deslumbra, pero si intentas agarrarla, te das cuenta de que no hay nada debajo. Es irreal.

​Raúl cumple su parte del trato. Es un hombre de palabra, eso tengo que reconocérselo. No me toca sin permiso. No alza la voz, ni siquiera cuando se enfada —que casi nunca lo hace, lo cual es más aterrador—. No impone castigos físicos. Pero el control es total. Elige mi ropa, decide mis horarios, filtra mis visitas, controla hasta el menú de mis cenas. Cada gesto está tan calibrado que, a veces, siento que soy un experimento de laboratorio. El control no es un látigo, es una estructura. Y en esa estructura, siento cómo algo se me apaga por dentro, como si me estuvieran quitando el oxígeno lentamente.

​Los días son fríos. Eficientes. Sin rastro de humanidad.

​Raúl sale al amanecer, como un reloj, y vuelve al anochecer. A veces me saluda con un gesto de cabeza, otras veces me ignora por completo. Pero cada noche, al llegar a mi habitación, encuentro una caja sobre la colcha. No son joyas, ni vestidos caros. Son detalles. Un libro antiguo con las hojas amarillentas por el tiempo. Una flor disecada que parece que se va a romper si la toco. Un trozo de mineral que brilla con una luz extraña. Son objetos que dicen a gritos: “Sé que estuviste aquí. Sé quién eres. Y todavía no te entiendo”.

​Los guardo en un hueco detrás del panel de la pared. No lo hago por miedo, ni porque quiera ocultarlos. Lo hago por una necesidad visceral de conservar algo que no me ha dado él, sino que ha llegado a través de él. Son los únicos rastros de realidad que me quedan.

​La instructora —a quien llamo "la sombra" cuando estoy sola— me machaca con disciplina militar. Estrategia, negociación, lenguaje corporal, cómo destripar a un rival en una junta de accionistas. Es como si me estuviera afilando para una guerra que todavía no sé cómo librar. Aprendo rápido. Cada lección es una herramienta, cada examen una prueba de fuego. Pero, joder, qué vacío se siente todo. En esta torre de cristal, nadie me abraza. Nadie dice mi nombre con ternura. A nadie le importa si tuve un mal día. A veces me golpea la realidad de golpe: antes de ser la "Omega de Ferré", yo fui una niña, una hija, alguien que temblaba de fiebre en una cama vieja mientras su madre le acariciaba el pelo. Ahora, ese recuerdo parece de otra persona.

​Una tarde, me encerré en el salón de las pantallas. Estaba buscando una debilidad en el sistema de logística de Raúl y, por error, tropecé con un archivo bloqueado. Tres horas. Tres horas de códigos y de sudor frío me costó romper la contraseña.

​Era un video. Viejo, granoso, sin sonido.

​Mi madre aparecía en una sala del consejo. Estaba discutiendo, gesticulando, señalando papeles con una urgencia que me hizo soltar un sollozo ahogado. Y ahí estaba él. Víctor. Mi padre. Con esa cara de piedra que siempre tuvo. Vi cómo dictaba una orden y cómo firmaba el destierro con una frialdad que me heló la sangre.

​“Expulsión voluntaria bajo amenaza implícita. No se permite registro posterior. Caso cerrado.”

​No fue una huida. Mi madre no nos sacó de ahí por miedo; la echaron, la amenazaron y nos obligaron a desaparecer mientras el resto de los Alfas miraban hacia otro lado. Lo supieron todos. Todos los que estaban ahí lo sabían. Me llevé las manos a la boca para ahogar un grito. Me habían mentido toda la vida. La rabia, ese fuego que ha estado creciendo en mi pecho, explotó.

​Esa noche, durante la cena, me senté frente a él. La ciudad allá abajo parecía un cementerio de luces apagadas. Me harté de fingir.

​—¿Por qué elegiste este lugar, Raúl? —le solté, sin filtro—. ¿Por qué esta torre? ¿Por qué esta cárcel?

​Él dejó los cubiertos. Ni un ruido. Ni un temblor.

​—Porque la libertad sin estructura es una condena —dijo, con esa voz que no tiene grietas—. Y yo fui condenado desde antes de nacer.

​Lo miré fijamente, retándolo.

​—¿Y piensas redimirte construyendo prisiones más bonitas?

​No respondió. Pero se quedó ahí. Por primera vez en tres semanas, no se levantó para irse a su despacho. Se quedó sentado, escuchando mi respiración, como si estuviera intentando descifrar el ruido que hago al intentar sobrevivir.

​Desde ese día, empecé a soñar con Dominique. No es el deseo lo que me quema, es la culpa. Lo veo en la nieve, herido, hablándole a nadie. Mi madre aparece en los sueños, lo toma de la mano, lo perdona. Me despierto empapada en sudor y, cuando el sistema detecta mi ritmo cardíaco, la habitación se oscurece automáticamente, activando los “protocolos de contención emocional”. Más jaulas. Más algoritmos. Más control. Me siento como un animal siendo adiestrado.

​Un día, no aguanté más. En mitad del almuerzo, solté los cubiertos y lo enfrenté.

​—¿Alguna vez fuiste libre, Raúl? —pregunté.

​Me miró y vi algo en sus ojos. Cansancio. Un cansancio que pesa siglos.

​—Una vez. Y me rompieron —dijo.

​Respiré hondo.

​—Yo también estoy rota, Raúl. Pero no estoy dispuesta a quedarme así.

​Él no contestó, pero esa noche algo cambió. No recibí una caja con objetos. Recibí una hoja en blanco y una pluma. “Escribe tus propios términos”, decía la nota.

​Tardé tres días. Tres días de escribir, borrar, ajustar, pensar en cada palabra como si fuera una bala. Escribí cláusulas, espacios para negociar, tiempos de separación, mi derecho a saber quién soy y de dónde vengo. Exigí ser tratada como una igual en sus juntas.

​Se lo entregué. Lo leyó en silencio, esa mirada analítica recorriendo cada letra.

​Y firmó.

​Sin una palabra. Sin una objeción.

​No le di las gracias. ¿Por qué iba a hacerlo? Solo estaba recuperando una parte de lo que me arrebataron. Pero, mientras salía de su despacho, sentí algo que me hizo sonreír: dentro de este cristal, dentro de esta jaula, acababa de abrir una grieta. Y por ahí, por fin, empezaba a entrar un poco de luz.

​Todavía no sé si Raúl es mi enemigo o mi mejor arma, pero una cosa tengo clara: el juego ha cambiado. Y esta vez, las cartas las barajo yo.

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