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Capítulo 4: Sombras Bajo la Piel

LUISA

​No regresé a la mansión del Rey aquella noche. No fue porque Raúl me obligara —él cumplió su palabra, me abrió la puerta de par en par con una calma que me ponía los nervios de punta—, sino porque al mirarme en el reflejo de aquel ventanal infinito, me vi a mí misma de forma distinta. Ya no era la chica que se escondía en los jardines para no ser vista. Algo se había roto dentro de mí, algo que ya no permitía la invisibilidad.

​El amanecer me encontró sola en ese penthouse que parecía flotar sobre la ciudad. La niebla se pegaba a los cristales, borrando las luces de neón de abajo. Sobre la mesa de la cocina había un desayuno que no toqué; el hambre era una sensación que se me había olvidado, sustituida por esta adrenalina constante, un zumbar en los oídos que no me dejaba descansar. Junto a la cafetera había una caja pequeña, negra, sellada con el emblema de los Ferré: un lobo mecánico, afilado y letal.

​Dentro, un colgante de obsidiana y acero. Era pesado, frío al tacto, casi brutal en su sencillez. No tenía una marca de propiedad, nada que dijera "pertenezco a tal Alfa". En su lugar, escondía un mensaje grabado en el metal: “Para la que ya no huye.”

​Lo sostuve contra mi pecho, justo encima del esternón. No temblé de miedo. Temblé porque, por primera vez, tenía la certeza absoluta de que el camino de regreso estaba bloqueado.

​Volví a la mansión al mediodía, escoltada por ese vehículo negro que parecía un depredador sobre ruedas. La puerta principal de la mansión se abrió antes de que yo pusiera un pie en el suelo. Dominique estaba ahí, esperándome. Su rostro era un mapa de furia contenida y una decepción que me atravesó más de lo que hubiera querido admitir.

​—¿Dónde estuviste? —su voz era un gruñido, apenas contenido.

​—Donde quise estar —respondí, y me sorprendió el tono de mi propia voz: plana, gélida, sin un ápice de remordimiento.

​Me siguió hasta mi habitación, sin que yo se lo pidiera, y cerró la puerta de un golpe seco. El aire en la estancia se volvió pesado, saturado de su presencia, de ese olor a leña y tierra húmeda que siempre había asociado con la seguridad… y con la cárcel.

​—¿Tienes idea de lo que esto significa, Luisa? —dijo, dando un paso hacia mí—. Lo que hiciste no tiene marcha atrás. Si entras en el juego de Raúl, te van a marcar. No con colmillos, ni con señales físicas… te marcarán con contratos, con alianzas, con leyes que no podrás romper. Él no te está dando libertad, te está cambiando de jaula.

​—¿Y qué más da? —le grité, soltando por fin la máscara—. ¿Qué importa si el oro de una celda brilla más que el de la otra? Todo esto ya estaba decidido por otros desde antes de que yo naciera. Mi vida, mi cuerpo, mi futuro... todo estaba ya vendido.

​Dominique guardó silencio. Me miró como si no pudiera reconocerme, como si la mujer que estaba frente a él fuera un extraño con mi rostro.

​—Te estás acercando demasiado a él, Luisa. Ese hombre no conoce la palabra 'suficiente'.

​—No. Él es el único que me trata como si yo estuviera despierta, Dominique.

​Me acerqué a él, retándolo con cada fibra de mi cuerpo. La tensión entre nosotros ya no era solo una cuestión de deber. Era historia, era la culpa de todos los años en los que él fue mi escudo, y era el deseo enterrado que nunca nos permitimos reconocer.

​—Tú también pudiste elegirme —le susurré, acortando la distancia hasta que su aliento me rozó la frente—. Pero preferiste proteger al Rey… en vez de a mí.

​Él cerró los ojos, apretando los dientes, como si la verdad le estuviera quemando los pulmones desde adentro. Cuando volvió a abrirlos, había una derrota absoluta en su mirada.

​—Porque si te elijo, Luisa… —dijo con la voz rota—, estoy dispuesto a destruirlo todo. Incluyéndome a mí.

​La tarde se convirtió en un campo de minas. Recibí una llamada anónima en mi terminal, un número sin registro que hizo que mi piel se erizara. Una voz distorsionada, robótica, siseó en mi oído:

​—Si sigues eligiendo a Ferré, recuerda que los Alfas no comparten lo que es suyo. Y tú, pequeña princesa, ya tienes un precio marcado en la nuca.

​La línea murió. Ni un segundo después, las redes clandestinas explotaron. Fotos mías bajando del coche de Raúl, imágenes granuladas de nuestra llegada a la torre, titulares que me llamaban "la heredera rebelde" que pretendía romper el linaje de la Manada de Plata.

​El Rey me llamó a su estudio privado antes de que cayera la noche. El encuentro fue un interrogatorio brutal.

​—Has traicionado tu sangre —dijo, golpeando la mesa con una mano. El sonido resonó como un disparo—. Has ensuciado el linaje. ¿De verdad crees que ese Alfa te va a amar? Eres una mercancía, Luisa. Él solo quiere usar tu vientre para asegurar sangre real en su imperio de máquinas.

​—¿Y tú qué querías? —le espeté, sin bajar la mirada—. ¿Una hija que obedeciera en silencio mientras tú vendías mi vínculo al mejor postor como si fuera ganado?

​Sus ojos ardieron, una llama dorada y violenta que me hizo retroceder un paso por instinto. Levantó la mano, el gesto de un golpe inminente. Cerré los ojos, esperando el impacto que tantas veces recibí en la infancia.

​Pero no llegó.

​El peso del aire cambió. Cuando abrí los ojos, Dominique estaba ahí, a medio paso entre el Rey y yo, con su mano bloqueando la trayectoria del Rey. Sus ojos eran dos pozos de hielo.

​—No más, mi Rey —dijo Dominique, con una frialdad que me heló la sangre—. Luisa no está sola. Si vuelve a tocarla… me perderá a mí también.

​El Rey se quedó quieto, paralizado por la traición de su mejor hombre.

​Esa noche, en la oscuridad de mi habitación, me permití llorar por primera vez sin sentir culpa. No eran lágrimas de debilidad; eran lágrimas de cansancio, de alguien que finalmente ha soltado una carga que no le pertenecía.

​Todo ardía a mi alrededor. Mi pasado, mi herencia, los lazos que antes me definían; todo se estaba desmoronando bajo el peso de mis propias decisiones. Pero, en el centro de ese incendio, sentía algo nacer. Un latido rítmico, constante, vibrando bajo mi piel.

​Poder.

​Y lo más irónico de todo, lo que me hizo sonreír entre las sombras, fue entender el origen de ese fuego. No venía de Raúl, el Alfa que me deseaba como una posesión valiosa. Ni de Dominique, el protector que ahora estaba dispuesto a arder por mí.

​El poder venía de la Omega que finalmente había decidido dejar de ser una pieza. La Omega que estaba aprendiendo que, si el mundo quería jugar, yo iba a ser quien repartiera las cartas.

​La niña que lloraba en los entierros había muerto. Estaba despertando alguien mucho más peligroso.

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