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Capítulo 3: El Alfa del Acero

LUISA

El sobre estaba hecho de un papel grueso, costoso, con una textura que se sentía casi obscena bajo las yemas de mis dedos. No era una invitación formal, de esas que el protocolo de la mansión solía dictar. Era un desafío en toda regla.

​Raúl A. Ferré.

​El nombre resonaba en la cabeza de cualquiera que tuviera algo de poder en este continente. Dueño y heredero del imperio automotriz más innovador, un tipo al que rodeaban leyendas tan envidiables como terroríficas. Decían que sus coches eran imposibles: veloces como el pensamiento, silenciosos como la muerte, letales para cualquiera que no supiera controlarlos. Y, sobre todo, estaba el mito de su hermetismo; nadie conocía su rostro fuera de ese círculo de poder Alfa donde el dinero es la única ley real.

​Pensé en quemar el sobre. Pensé en tirarlo a la basura junto con el resto de las mentiras que llenaban mi vida. Pero la frase "ven a jugar como una reina" se me quedó pegada a la piel como una quemadura fría. No era una invitación, era una rendición de cuentas.

​La Gala de Innovación Tecnológica fue una tortura. Víctor me obligó a asistir, claro; necesitaba exhibirme como el trofeo más nuevo de su colección. El salón principal del Consejo estaba saturado de testosterona, de olor a colonias caras y de ese zumbido constante de los Alfas presumiendo de sus negocios. A mí no me interesaba nada de eso. No me interesaban los discursos vacíos sobre el progreso, ni las máquinas brillantes, ni la falsa caballerosidad de hombres que, en privado, me veían como un objeto de intercambio.

​Estaba a punto de escabullirme hacia la terraza cuando el aire cambió.

​No fue un cambio gradual. Fue como si alguien hubiera sacado todo el oxígeno de la habitación. Lo vi entrar. No hubo anuncios, no hubo fanfarrias. Raúl Ferré simplemente entró y, de alguna manera, todo el salón giró a su alrededor. Llevaba un traje gris grafito, hecho a medida, con un corte tan impecable que parecía una armadura. Su cabello oscuro estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto unos ojos que brillaban como el acero bajo las luces artificiales.

​Los Alfas más viejos, tipos que solían pavonearse por el salón, se tensaron. Los Betas se encorvaron un poco más, volviéndose serviles casi por instinto. Y las Omegas... Dios, las Omegas bajaron la mirada como si mirar a aquel hombre fuera un peligro para sus retinas.

​Todos, excepto yo.

​Cuando sus ojos se fijaron en los míos, el ruido de la fiesta desapareció. Fue como si el tiempo se suspendiera en un instante de hielo puro. Raúl no sonrió. No se acercó a besarme la mano con esa falsa cortesía de los hombres de mi padre. Solo me observó. Me escaneó con una detención casi depredadora, como si estuviera calculando cuánto tiempo me quedaba antes de que mi mundo se desmoronara.

​Luego, sin decir palabra, se perdió entre la multitud, dejándome allí, sola en medio del ruido, con el corazón latiéndome contra las costillas con una fuerza que me asustaba.

​—Debiste haberte quedado en tu habitación —me reprochó Dominique esa misma noche. Me había interceptado en el pasillo privado, con la mirada hundida en una sombra de furia que nunca antes le había visto.

​—¿Por qué? —le respondí, plantándole cara—. ¿Por mirar a alguien que mi padre no aprueba? ¿O porque fui capaz de sostenerle la mirada a un Alfa sin temblar?

​Dominique estaba fuera de sí. Y lo entendí: no estaba furioso conmigo, estaba furioso con su propia impotencia. Estaba harto de ser el perro guardián que ve cómo le quitan el juguete de las manos. Sus puños estaban cerrados tan fuerte que sus nudillos estaban blancos.

​—Raúl no es como los demás, Luisa —dijo, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con su propia desesperación—. No es como yo. No lo subestimes. Si ese hombre te ha puesto la vista encima, no va a detenerse. No hay muros en esta mansión que puedan mantenerlo fuera si decide que te quiere.

​Lo miré a los ojos, sintiendo un vacío extraño en el pecho.

​—¿Y si no quiero que se detenga? —le susurré.

​El silencio que siguió fue brutal. Dominique se quedó inmóvil, como si le hubiera dado una bofetada.

​La mañana siguiente, sobre mi cama, encontré un paquete. No era una caja cualquiera; era un prototipo. Un vehículo negro mate, pequeño, diseñado para caber en una palma pero con una tecnología que parecía de otro siglo. Mi nombre estaba grabado en la consola central, junto a las llaves.

​Había una nota que decía: “Todo lo que te pertenece debe estar a la altura de tu naturaleza.”

​Fue entonces cuando lo entendí. Raúl no estaba jugando a cortejarme. No estaba enviándome flores ni dulces. Me estaba desafiando. Me estaba dando un vehículo para que pudiera escapar de la jaula que mi padre había construido para mí.

​Sin pedir permiso, sin decir a dónde iba, esa noche abordé el vehículo. El sistema me reconoció al instante, como si estuviera esperando por mí desde el principio. Se puso en marcha, conduciéndome a través de las calles desiertas de la ciudad hasta una torre que se alzaba como una aguja de cristal en el centro financiero.

​El ascensor me subió hasta el piso cuarenta y ocho. Las puertas se abrieron a una sala vacía, despojada de cualquier lujo innecesario. No había muebles, no había retratos, no había adornos. Solo una cristalera inmensa que me permitía ver la ciudad arrodillada a mis pies, como un mapa de poder esperando ser conquistado.

​Y ahí estaba él. Raúl. De espaldas a mí, mirando la inmensidad del horizonte.

​—Sabía que vendrías —dijo, sin molestarse en girar—. Las reinas no obedecen órdenes, Luisa. Las reinas escogen su camino.

​—¿Y tú quién eres en este juego? —pregunté, cruzando la sala. Mis pasos sonaban fuertes, decididos sobre el mármol frío—. ¿Un aliado o solo otro carcelero con un coche más rápido?

​Él se giró entonces. Su rostro era una máscara de calma absoluta. No hubo sonrisa, pero su voz cayó sobre el silencio de la sala como una caricia oscura, cargada de una intención que me erizó la piel.

​—El único Alfa que no te pedirá que obedezcas, Luisa. Solo que decidas.

​Me detuve a pocos pasos de él. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo; no era una presencia amenazante como la de mi padre, era algo distinto, algo que atraía y repelía al mismo tiempo.

​—¿Y si decido escapar de ti? —pregunté, probando su paciencia.

​—Te abriré la puerta yo mismo —respondió, sin pestañear.

​El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez era distinto. Raúl me observaba con una paciencia feroz, con un hambre que estaba claramente bajo control, pero que amenazaba con devorarme si bajaba la guardia. No intentó marcarme. No se acercó a reclamarme como propiedad. Me ofreció algo que, en toda mi vida, nadie se había atrevido a ponerme sobre la mesa: la elección.

​—¿Qué quieres de mí? —susurré, sintiendo cómo mis barreras empezaban a ceder.

​Raúl dio un paso hacia adelante. Se acercó lo suficiente para que su aliento me rozara el cuello, un toque fantasma que me dejó temblando. Pero no me tocó.

​—No quiero lo que quieres oír, Luisa. Quiero lo que temes necesitar.

​En ese momento, mirando a aquel hombre que olía a acero y a tormenta, entendí la verdad. Raúl no venía a cortejarme. No venía a salvarme. Venía a devorarme por completo. Y, lo que era peor, me di cuenta de que, en el fondo de mi propia rabia, yo estaba desesperada por dejar que lo hiciera.

​Si es que yo también lo elegía.

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