Mundo ficciónIniciar sesiónLUISA
Los días en la mansión del Rey se arrastraban como bestias dormidas. Eran hermosos, sí; limpios, ordenados y silenciosos, pero debajo de esa superficie pulida, siempre se podía sentir el peso de un peligro que te acechaba en los ángulos muertos. Cada gesto de los sirvientes estaba medido al milímetro. Cada vez que cruzaba un pasillo, sentía el peso de las cámaras y los ojos de los guardias grabándome el rastro. No me decían nada, nunca. Pero sabía que registraban cada una de mis respiraciones. Me llamaban "mi hija" cuando había otros presentes, una máscara de afecto que les servía para vender la imagen de la familia perfecta. Pero en privado, Víctor me trataba con una frialdad que cortaba. Era una corrección clínica. Me miraba como si estuviera evaluando una inversión, no como a un ser humano. —Debes aprender a comportarte como lo que eres —me soltó una mañana, mientras desayunábamos. Ni siquiera tuvo la decencia de levantar la vista de su café—. Eres Omega. Eres mi sangre. Hay un lugar para ti en este mundo, Luisa. Y te guste o no… ya has empezado a ocuparlo. Sentí un nudo en el estómago. El té sabía a ceniza, a algo quemado que me bajaba por la garganta. No respondí. ¿Para qué? Cualquier cosa que dijera sería usada para corregirme. En esa mansión, el silencio no era solo prudencia; era la única forma de no ser destruida. La mansión se regía por una serie de normas tácitas, tan invisibles como asfixiantes. Los Omegas debíamos movernos con discreción, casi como si pidiéramos perdón por existir. Nada de reuniones de consejo, nada de bajar a los niveles inferiores, nada de mirar a los ojos a un Alfa que no tuviera el sello de aprobación del Rey. Eran reglas diseñadas para borrarte, para hacer que poco a poco fueras perdiendo tu propio centro. Pero yo ya estaba acostumbrada a romper reglas. Mi madre me enseñó que la obediencia es el primer paso hacia la desaparición. Dominique fue quien encontró la grieta. Me llevó a recorrer los límites del jardín oculto, un rincón que los jardineros de la mansión habían dejado morir. Allí, la maleza trepaba por las paredes como dedos que intentaban escapar. Desde ese punto, se veía la ciudad abajo, un abismo de luces parpadeantes que parecían estrellas caídas. Era el único sitio donde podía respirar sin sentir que el aire estaba viciado por la autoridad de mi padre. —Mi padre sirvió al tuyo toda su vida —me dijo Dominique una tarde, apoyado contra una estatua de piedra desconchada. El sol caía sobre los edificios plateados, dándole un aire cansado—. Yo heredé su puesto, el uniforme, la lealtad obligatoria. Pero tú… tú heredaste algo mucho más pesado. Me giré, mirándolo fijamente. Sus ojos tenían esa tristeza vieja, como si estuviera cargando el peso de mil errores que no eran suyos. —¿El qué? —pregunté, con la voz apenas como un hilo. Él tardó en responder. Miró hacia las ventanas de la mansión, como si esperara ver una sombra vigilándonos. —El deber de obedecer... o la maldición de resistirte. Sentí un frío repentino, a pesar de que el sol aún calentaba. Me di cuenta de que Dominique no era solo mi guardián. Él también era un prisionero, solo que sus cadenas estaban hechas de juramentos, no de paredes blindadas. La tensión estalló durante la cena de gala mensual. Era un desfile de poder. Víctor me obligó a usar un vestido negro, ajustado, con un escote diseñado para exponer mi cuello. Un cuello sin marca. Un anuncio andante de que yo aún estaba "disponible" para el mejor postor. Me hicieron desfilar frente al consejo. Alfas, todos ellos. Tipos poderosos que me miraban con una mezcla de hambre y cálculos matemáticos. Podía sentir sus feromonas, un aura de dominación barata que me provocaba náuseas. —La Omega real, por fin en casa —dijo uno, con una sonrisa que no llegaba a los ojos. —Una joya sin tallar —añadió otro, arrastrando las palabras—. Se puede moldear. —Una belleza digna de un Alfa dominante —remató un tercero, mirándome el escote. Me mantuve rígida, con la cabeza en alto. Si me quebraba, ganaban. Si lloraba, ganaban. Pero Dominique, a unos pasos de mí, lo estaba escuchando todo. Vi cómo su mandíbula se tensaba hasta el punto de doler. Sus nudillos estaban blancos mientras sostenía su espada; ardía de rabia, pero era una rabia contenida tras una máscara de obediencia que él detestaba. Esa noche, cuando la sala quedó en silencio, lo enfrenté en el pasillo que llevaba a mis aposentos. —¿Hasta cuándo vas a callar, Dominique? —le solté, furiosa—. ¿Qué te impide decirme la verdad? ¿Es que también eres parte de este juego? Él se giró, con los ojos inyectados en una frustración que nunca le había visto. —No es tan simple, Luisa. Aquí no se dice lo que uno quiere. Aquí se sobrevive. Di un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. Podía olerlo: cuero, lluvia y una melancolía que me desarmaba. La tensión era física, una electricidad que hacía que el vello de mis brazos se erizara. Un Alfa y una Omega, tan cerca que era peligroso. Prohibido. —¿Y eso es lo que haces tú? —le susurré, desafiante—. ¿Sobrevivir… mientras ves cómo me devoran poco a poco? Él apretó los puños, cerrando los ojos un instante. Parecía estar luchando contra una fuerza interior que intentaba desbocarse. —Estoy aquí para protegerte —dijo, y su voz, por primera vez, sonó quebrada—. Pero hay cosas de las que ni siquiera yo puedo protegerte, Luisa. Hay fuerzas en esta casa que tú ni siquiera imaginas. No lo sabía aún, pero esa sería la última vez que ambos jugaríamos a las reglas. La última vez que él podría mantener esa distancia de seguridad. Algo en el aire había cambiado; la tormenta ya no estaba afuera, estaba empezando dentro de nosotros. Al volver a mi habitación, con el corazón martilleando contra mis costillas, me encontré con algo sobre la colcha. Una caja pequeña, sencilla, pero con una presencia que me hizo retroceder un paso. Dentro, un sobre lacrado. Pesado. Y una tarjeta blanca con un nombre escrito a mano, con una caligrafía elegante y decidida: Raúl A. Ferré. Debajo, solo una frase que parecía una invitación al infierno: “Cuando quieras dejar de ser una pieza… ven a jugar como una reina.” Me quedé mirando el papel, con las manos temblando. Esa noche, el miedo se quedó afuera. Por primera vez, dentro de esa jaula de lujo, sentí que alguien me estaba extendiendo una mano desde el abismo. Y, estúpida o no, empecé a considerar la idea de agarrarla.






