Mundo de ficçãoIniciar sessão
LUISA
La lluvia caía como cuchillas sobre el mármol del cementerio. Un golpeteo sordo, constante, que parecía querer partir la piedra de las lápidas. El cielo estaba de ese color gris que parece predecir un desastre; un silencio denso, pesado, de esos que te oprimen el pecho. Yo estaba ahí, con un vestido negro que me quedaba grande y las manos hechas un puño alrededor de un paraguas que no dejaba de temblar. Observaba cómo bajaban el ataúd de mi madre y, por un segundo, me sentí ridícula. Nadie lloraba, excepto yo. A mi alrededor, las otras mujeres —Omegas exiliadas, sombras que apenas se atrevían a respirar— mantenían la cabeza gacha. No era solo respeto; era miedo. Tenían miedo de que, si levantaban la vista y veían el cuerpo muerto de una de las suyas, se les recordara demasiado pronto que ellas también eran prescindibles. Yo no las conocía, no a todas, pero sabía cómo me miraban. Me miraban como si yo fuera una anomalía, un resto de algo que debió haber desaparecido con ella. Y luego estaba él. Víctor. El Rey de la Manada de Plata. Mi padre. Se mantenía a una distancia que medía perfectamente su desprecio. Ni siquiera tuvo la decencia de acercarse a consolarme, o al menos a fingir que le importaba. No, él solo estaba ahí, como una estaca clavada en el suelo, envuelto en ese abrigo gris que olía a invierno y a autoridad. Cuando la ceremonia terminó —si es que a ese entierro frío se le podía llamar así—, caminó hacia mí. No hubo abrazo. Ni una mano en el hombro. —Ven conmigo, Luisa —dijo. Su voz era plana, sin un gramo de empatía—. Ya no puedes quedarte aquí. No era una sugerencia. Era una orden. Tan dura y definitiva como la lápida que acababan de poner sobre mi madre. La transición fue un latigazo. Pasé de la casa de mi madre —una casita llena de tiestos con plantas secas y un olor constante a manzanilla— a esa aberración en las colinas del norte. La mansión era ridícula. Demasiado mármol, demasiada luz blanca, demasiada gente que caminaba sin hacer ruido. Había cámaras hasta en el techo y guardias que te seguían con la mirada, como si estuviera a punto de robarme los muebles. Me dieron un ala de la casa para mí sola. Se supone que era un privilegio, pero en realidad era una jaula de oro. Las ventanas estaban selladas y las paredes eran tan gruesas que el silencio se volvía insoportable. Era un silencio que zumbaba en los oídos. Pasé los primeros dos días sin abrir la boca. No tenía nada que decirle a esa casa, ni a la gente que me atendía como si fuera una muñeca de porcelana que se podía romper en cualquier momento. El tercer día apareció Dominique. Cuando lo vi, me quedé helada. Era un Alfa, sí, pero cuando se acercó, reconocí la forma en que movía los hombros, ese tic nervioso en la mandíbula. Dominique. El hijo del soldado que solía jugar conmigo cuando yo era una niña y mi padre todavía no era "el gran Rey". —¿Luisa? —dijo. Su voz era distinta, más grave, pero todavía tenía ese rastro de tristeza que siempre recordé. —¿Qué haces aquí? —le solté, más brusca de lo que quería. Él evitó mirarme. Se notaba incómodo, como si el uniforme que llevaba le quedara apretado. —Trabajo para tu padre —respondió. Dominique terminó siendo mi única vía de escape, aunque fuera una mentira. Caminábamos por el jardín, un lugar que parecía diseñado para no dejar crecer ni una mala hierba, y hablábamos de tonterías. Pero cada vez que intentaba sonsacarle qué le había pasado realmente a mi madre, se ponía rígido. —No puedo, Luisa. No aquí. Hay oídos en todas partes. Y tenía razón. Una noche, buscando un poco de aire o quizás solo queriendo ver si podía perderme en esa mansión laberíntica, pasé frente a la sala de estrategia. La puerta estaba apenas entreabierta. —¿Y la chica? ¿Ya firmó los documentos de sucesión? —escuché una voz. Un hombre, uno de los generales de mi padre. —Todavía no —la voz de Víctor sonó seca—. Pero lo hará. No tiene otra opción. Es la única Omega con sangre real. Será útil... si la vinculamos al Alfa adecuado. Me quedé pegada al suelo. El aire me faltaba. Pensé que el frío del cementerio había sido lo peor que sentiría, pero esto era distinto. Era una náusea, una quemazón en el pecho. Me querían vender. Me querían usar como una pieza de ganado para consolidar su maldito poder. Regresé a mi habitación y me encerré. Me miré al espejo, pero no vi a la chica asustada de hace unos días. Vi a alguien que finalmente entendía las reglas del juego. Ya no me sentía perdida. Me sentía usada. Y ser usada duele, pero también te da una rabia que no conocías. Una rabia que es como una brasa que, en lugar de apagarse, empieza a quemar todo a su alrededor. No me iban a moldear a su antojo. No me iban a casar con el primer Alfa que les trajera un mejor trato comercial. No otra vez. Mientras miraba mi reflejo, me di cuenta de que mi duelo no se había terminado, simplemente había cambiado de forma. La tristeza se estaba convirtiendo en otra cosa. Algo más afilado. Estaba despertando. Y por primera vez desde que mi madre murió, sentí que, si alguien iba a arder en este juego, no iba a ser yo.






